“Cuando era un
niño deseaba volar. Volar era la expresión más pura de libertad, tristeza y soledad que para entonces
podía percibir. En la vastedad de un cielo imponente y somnoliento nuestros deseos más remotos y personales se
depositan en la naturaleza, en la vastedad de un cielo imponente y somnoliento
mi existencia podía cobrar algo de sentido.”
Por las tardes me
recostaba en el pasto a mirar las aves grises que expandían sus alas con
elegancia para recibir la salida de la luna ofreciendo una danza que incitaba a
los muertos a levantarse a admirar tan reconfortante belleza en la serenidad
del crepúsculo.
Mi corazón se
quebraba cada vez que veía tal espectáculo en una mezcla de envidia y admiración
yo deseaba alzarme por los cielos, pero estaba aquí arraigado a la tierra hasta
el día en que cuerpo fuera polvo.
Se dice que los grises eran aves que nunca morían y
que por lo tanto tampoco necesitaban de comer o beber agua para sobrevivir,
estaban rodeadas de misterios y todo era enigmático cuando se trataba de ellos.
Curiosamente solo nos visitaban en la época más helada del año y emigraban
cuando el tiempo mejoraba. Solía esperar con ansias la temporada de su llegada.
Casi al final del
invierno, como cualquier día de esta estación, observaba a las aves volando sobre el frecuentado, solitario y
viejo manzano. Cuando el cielo escarlata terminó de cerrar sus telones, los grises comenzaron
volar sobre los pies de la montaña, en el bosque que estaba frente a mis ojos.
No pude contener
la curiosidad y guiado por una luna imponente y sus casi perdidas siluetas me
decidí a seguir su rastro, corrí lo más rápido que pude para no perder su
señal. Entre las caricias embrutecidas que el viento le daba a mi
rostro y el sonido que mis pies producían cuando quebraba las ramas del suelo
me encontré en lo profundo del bosque. Cada vez su sonido se hacía más fuerte en
mis oídos y me aceleraba el pulso, hasta
que al fin pude divisarlos. Con mi cuerpo algo agotado por el esfuerzo físico
decidí subir a un árbol para poder apreciarlos desde una mejor vista. Los
encontré volando sincronizadamente en impredecibles direcciones sobre un
terreno desierto, donde parecía haber unas antiguas ruinas. En ese momento me
vi hipnotizado por el baile que entre mezclado con cantos estremecían mi esencia,
mi alma y algo más lejano a mis sentidos. Mientras bajaba de donde estaba y me
acercaba a ellos mi ser se vio abrumado por esta ópera donde sus participantes
usaban refinados trajes y vestidos de tristes colores, adornados con máscaras
que junto al brillo lunar pronunciaban sus largas y delgadas facciones que se
reflejaban en mis ojos como el oro y la plata, mientras agitaban sus alas
danzando sublimemente al ritmo de sus desoladas y desgarradoras melodías. Cuando
al fin mis sentidos despiertan, algo aturdido y extasiado logro sentir que
me elevo hasta el luto nocturno, a un
lugar donde al parecer podría ser uno más de ellos, justamente donde siempre
debí estar, en un cielo donde no existen estrellas.
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