Entre los típicos ecos pesimistas
sobre la vida, sociedad y la gente que me rodea, en esas caminatas por las
calles que paradójicamente resultan ser tan intimas, entre ese mar de personas algo
mas degenerada de lo que yo podría ser, porque claro está, uno es intachable.
Con algo de música que te hace ignorar rostros
y adentrarte en tu cabeza, pero no lo suficiente como para ignorar una luz
roja, que al frente y por sobre mi frente detiene mis pasos. Mientras los
segundos pasaban en el reproductor en la espera de la señal verde mi vista se
volatiliza algunos metros arriba de donde estaba,
de manera amplia y curiosa observo la arquitectura que comúnmente ignoramos por
estar apurados o por estar preocupados de no pisar las líneas del piso, me
parece bastante curioso ya que uno descubre
una ciudad nueva, con otras formas y colores, edificios en el aire que
no se mezclan con su base.
Me han pasado a llevar el brazo,
ya era tiempo de seguir con mi vida de muerto, para preocuparme de las cosas
que realmente importan como estudiar mierda que dudosamente alguna vez me
salvará de algo. Nuevamente volví a mi
negatividad sobre el todo, sobre la cotidianidad, que más bien definido sería
nada, ya que no tiene valor alguno. Cualquier fanático religioso o joven de
zapatos para montaña usados sobre asfalto y el alquitrán, consideraría mis
pensamientos equívocos, bueno eso es lo que supongo, ellos son mejores y ayudan
mas a otros seres humanos porque ven la
vida con más optimismo, claro que sí.
Crucé la calle mientras aquel
disgusto provocado por el empujón era disipado en sarcásticas palabras no
expresadas. Un pie, luego el otro, una pierna luego la otra, debo mantenerme
erguido o no seré atractivo, debo tener la mirada al frente o seré un imbécil.
A mitad de la cuadra veo a una
mujer, venía con tres niñas que probablemente eran sus hijas, dos con uniforme
de algún colegio, la mayor de ellas no habrá tenido más de ocho años. La mujer
abrió una mochila y alimentó a un perro callejero. De repente en mi surge una
sonrisa, claro, hay una infinidad de perros en las calles y muchas mujeres,
pero exactamente en eso se centraba la belleza de aquella acción, porque no es
habitual ver a alguien que se detenga, para atender a un ser vivo que
posiblemente considere inferior, en cierta forma me ponía contento de suponer
que esas tres niñas alguna vez harían lo mismo que su madre, quien sabe porque,
nunca estaré ahí para verlo. Aquella acción provocó un efímero pero contrastado
cambio de humor, y debido a esto recordé una conversación que tuve con un
amigo, mientras caminábamos por Amunátegui.
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